Domingo.
Tengo los ojos azules, los labios rojizos, gordos cachetes rosados, el pelo rubio ondulado. Me llamo Amandine. Cuando me miro en el espejo, veo que me parezco a una niña de diez años. Lo cual no tiene nada de extraordinario. Ya que soy una niña y tengo diez años.
Tengo un papá, una mamá, una muñeca que se llama Amanda, y también un gato. En realidad creo que es una gata. Se llama Claude, lo cual dificulta tomar una decisión. Durante quince días tuvo el vientre enorme, y una mañana encontré en su cesta, debajo de ella, cuatro gatitos gordos, como ratoncitos que remaban uno sobre el otro con sus patitas mientras le chupaban del vientre.
A propósito del vientre, se volvió de pronto tan chato que es casi imposible creer que los cuatro chiquitos hubieran estado allí adentro. Decididamente Claude debe de ser una gata.
Los cachorritos se llaman Bernard, Philippe, Ernest y Kamiga. Es por eso que sé que los tres primeros son varones. De Kamiga, evidentemente, tengo dudas.
Mamá me dijo que no podíamos quedarnos con los cinco gatos. Me pregunto por qué. Así que no tuve otra que preguntarles a mis compañeros de la escuela si querían un gatito.
Miércoles.
Annie, Sylvie y Lidie vinieron a casa. Claude se frotó contra sus piernas ronroneando. Mis amigas levantaron a los gatitos que ya tienen los ojos abiertos y que ya empezaron a caminar, temblando. Como no querían una gata dejaron a Kamiga. Annie se llevó a Bernard, Sylvie a Philippe y Lydie a Ernest. Yo me quedé con Kamiga, a la que naturalmente he comenzado a querer más desde que se quedó sola.
Domingo.
Kamiga es pelirroja como un zorro con una mancha blanca en el ojo izquierdo, como si le hubieran dado… ¿cómo decirlo? Lo contrario de un golpe. Un beso. Un beso de panadero. Kamiga tiene un ojo de manteca, blanco.
Miércoles.
Me gusta tanto la casa de mamá y el jardín de papá. En la casa, la temperatura es siempre la misma, tanto en verano como en invierno. Y en todas las estaciones del año el césped es verde y está bien cortado. Se podría decir que mamá en la casa y papá en el jardín compiten para ver quién es el más limpio. En la casa tenemos que caminar sobre patines de fieltro para no ensuciar el parquet. En el jardín papá colocó ceniceros para las visitas que fuman. Me parece bien. Así todo marcha mejor. Pero a la vez me parece un poco aburrido.
Domingo.
Me llena de alegría ver cómo mi gatito crece y aprende de todo jugando con su mamá.
Esta mañana, cuando fui a ver la cesta, me la encontré vacía. ¡No había nadie! Antes, cuando Claude se iba por ahí, siempre dejaba a Kamiga y a sus hermanos solos. Hoy se la llevó con ella. Más bien la debe de haber cargado, estoy segura, ya que la pequeña no creo que haya podido seguirle el paso. Apenas si camina. ¿Dónde habrán ido?
Miércoles.
Claude estuvo desaparecida desde el domingo y acaba de reaparecer. Estaba comiendo frutillas en el jardín y de pronto siento su piel contra mis piernas. No tengo ninguna necesidad de mirar, pues sé que se trata de Claude. Corro hasta la cesta para ver si la pequeña también ha vuelto. Pero está vacía. Claude se aproximó. Miró el interior de la canasta y luego levantó la cabeza hacia mí cerrando sus ojos dorados. Entonces le pregunté. ¿Qué hiciste con Kamiga? Pero no dijo nada, sólo se dio vuelta.
Domingo.
Claude ya no viene como antes. Lo raro es que siempre solía estar con nosotros. Ahora pasa mucho tiempo fuera. ¿Dónde? Es lo que me gustaría saber. Intenté seguirla. Imposible. Si la vigilo, no se mueve. Siempre parece querer decirme: ¿Por qué me miras así? ¿No vez que estoy en casa, tranquila?
Pero basta que me distraiga un momento y ¡paf! Claude desaparece. Entonces me pongo a buscarla. Pero no la encuentro por ningún lado. Hasta que al otro día la encuentro cerca del fuego, y me mira con su carita inocente, como si yo tuviera visiones.
Miércoles.
Algo curioso acaba de suceder. No tenía nada de hambre, y como nadie me estaba viendo, le di mi pedazo de carne a Claude. Los perros, cuando se les tira un pedazo de carne o de azúcar al aire, lo atrapan al vuelo y lo mastican ahí mismo. Con los gatos no sucede lo mismo. Son muy desconfiados. Primero lo dejan caer. Después lo examinan. Claude hizo todo eso, pero en lugar de comérselo, tomó el trozo de carne con sus dientes, y se lo llevó al jardín, a riesgo de que mis padres me retaran si se daban cuenta.
Enseguida se escondió en un arbusto. Sin duda para que nos olvidáramos de ella. Pero yo la vigilaba. Y de golpe se trepó al muro, es decir corrió sobre el muro como si este estuviera extendido sobre el suelo, llegando hasta la cima con tres pasos largos, sin soltar nunca mi pedazo de carne. Miró hacia nosotros para asegurarse de que no la siguiéramos, y desapareció del otro lado.
Yo tengo una idea de lo que sucede desde hace unos días. Me parece que Claude nos tomó odio porque le sacamos tres gatitos de los cuatro que tuvo, entonces quiso asegurarse de que Kamiga estuviera a salvo. La tiene escondida del otro lado del muro, y se queda con ella cada vez que no está con nosotros.
Domingo.
Tenía razón. Acabo de ver a Kamiga después de tres meses. ¡Cómo cambió! Esta mañana, me levanté mucho más temprano de lo normal. Por la ventana, vi cómo Claude iba por uno de los caminos del jardín. Llevaba un ratón muerto en la boca. Pero lo extraordinario era que emitía una especie de gruñido muy tierno, como las gallinas cuando se pasean rodeadas por sus pollitos. En este caso, el pollito no tardó en aparecer, pero se trataba de un pollito demasiado grande y con cuatro patas, cubierto de pelo rojizo. La reconocí por la marca blanca que tiene en el ojo, su ojo de manteca. ¡Qué fortachona se había vuelto!
De pronto se puso a dar saltitos de baile alrededor de Claude dándole golpecitos con la pata al ratón, y Claude levantaba a su vez la cabeza bien alta para que Kamiga no pudiera alcanzarlo. Finalmente lo dejó caer, y entonces Kamiga, en vez de mordisquear el ratón ahí mismo, se lo calzó rápidamente en su boca y desapareció en los arbustos. Me parece que Kamiga es un gato que se ha criado como un salvaje. Lo cual no es de extrañar, ya que creció del otro lado del muro sin haber estado cerca de nadie, salvo de su madre.
Miércoles.
He comenzado a levantarme más temprano que los demás. No es muy difícil. ¡Hace un tiempo tan lindo! De esta manera, puedo hacer lo que quiera en la casa, al menos por una hora. Como papá y mamá duermen, tengo la impresión de que estoy sola en el mundo.
Me da un poco de miedo, pero a la vez me da mucha alegría. Es curioso. Cuando siento que hay movimiento en la habitación de mis padres, me pongo triste, ya que la fiesta se terminó. Además descubro miles de cosas nuevas en el jardín. El jardín de papá está tan bien arreglado y peinado que parecería que nunca sucede nada.
Sin embargo, pasa de todo cuando papá duerme. Poco antes de que salga el sol, hay un alboroto bárbaro en el jardín. Es la hora en la que los animales de la noche se van a dormir y los animales del día se despiertan. Y, justo en ese momento, se encuentran todos en el jardín. Se cruzan, y a veces se chocan porque es a la vez el día y la noche.
La lechuza se apresura a volver a su casa antes de que el sol deslumbre, y se roza con el mirlo que sale de las lilas. El erizo rueda como una bola entre los arbustos cuando la ardilla pasa su cabeza por el agujero del viejo roble para ver cómo está el clima.
Domingo.
He decidido realizar una expedición hacia el otro lado del muro para intentar engañar a Kamiga. Y también un poco por curiosidad. Creo que allí detrás hay algo diferente, otro jardín, tal vez otra casa, el jardín y la casa de Kamiga. Creo que si logro conocer mejor su pequeño paraíso, voy a poder ganarme su amistad.
Miércoles.
Esta tarde he hecho mi primera expedición de reconocimiento en torno a la propiedad de al lado. No es muy grande. No lleva más de diez minutos dar toda una vuelta y reaparecer en el punto de partida. También es muy simple: se trata de un jardín que tiene el mismo tamaño que el jardín de papá. Lo único extraordinario es que no hay ninguna puerta, ninguna reja, ni nada. Un muro sin ninguna abertura. O tal vez las aberturas han sido tapadas. La única manera de entrar es hacer como hace Kamiga, saltar el muro. Pero yo no soy un gato. ¿Qué debo hacer entonces?
Domingo.
La primera idea que tuve fue utilizar la escalera de jardinero de papá, pero no sabía si iba a tener la fuerza suficiente como para llevarla hasta el muro. Además todo el mundo la iba a ver. No tardarían en darse cuenta de todo. No sé bien por qué, pero creo que si mamá y papá tuvieran la menor sospecha de este proyecto, estarían dispuestos a todo con tal de impedirme llevarlo a cabo. Lo que estoy a punto de escribir es muy feo, y tengo vergüenza, ¿pero cómo debo hacer para salirme con la mía? Ir hacia el jardín de Kamiga, me parece que me es tan necesario como delicioso, así que no debo contarle a nadie, sobre todo a mis padres. Estoy muy triste. Y muy alegre al mismo tiempo.
Miércoles.
Hay al final del jardín un viejo peral torcido con una rama bien fuerte que se extiende hacia el muro. Si logro llegar hasta la punta de la rama, voy a poder con toda seguridad llegar hasta la parte de arriba del muro.
Domingo.
¡Lo logré! ¡El plan del viejo peral tuvo éxito, pero cómo me asusté! Por un momento, con las piernas a punto de separarse, pensé que iba a descuartizarme ya que tenía un pie sobre la rama del peral, y el otro en lo alto del muro. No me atrevía a soltar la rama del árbol de la cual me sostenía con fuerza. Estuve a punto de pedir auxilio. Pero finalmente me solté. Casi termino cayéndome del otro lado del muro, pero recobré el equilibrio rápidamente, y pronto pude ver el jardín de Kamiga y abarcarlo por completo con mi vista.
Lo primero que vi fue un revoltijo de vegetación, una especie de bosquecito, con una mezcla de espinas y de árboles caídos, matorrales y helechos gigantes, y también muchísimas plantas que nunca había visto. Todo lo contrario al jardín de papá, que siempre está tan limpio y bien rastrillado. En seguida pensé que nunca me iba a atrever a penetrar en semejante selva virgen infestada de sapos y serpientes.
Entonces caminé sobre el muro, lo cual no era nada fácil, ya que más de una vez algún árbol se apoyaba con una de sus ramas llenas de hojas, así que no estaba segura de dónde pisaba. Y encima había algunas piedras despegadas que se movían y otras que se habían vuelto resbalosas ya que estaban cubiertas de musgo. Pero, enseguida, descubrí algo muy sorprendente: contra el muro, como si me hubiera esperado desde siempre, había una escalera de madera empinada, con una rampa, muy parecida a esas bien grandes que se usan en los galpones. La madera estaba manchada de verde y carcomida, y la rampa pegajosa por las babosas. Pero era muy útil para bajar. Además no sé cómo hubiera hecho sin ella.
Bien. Así que aquí estoy en el jardín de Kamiga. Hay unos pastos altísimos que me llegan hasta la nariz. Tengo que andar por un camino viejo tallado a través de la maleza, y que está a punto de reaparecer. Unas grandes flores extrañas me acarician el rostro. Huelen a pimienta y a harina, un aroma muy dulce, pero que a la vez dificulta la respiración. Es imposible decir si se trata de un aroma benévolo o maligno. Ambas cosas a la vez, podríamos decir.
Tengo un poco de miedo, pero la curiosidad me empuja. Todo aquí tiene el aspecto de haber sido abandonado desde hace mucho, mucho tiempo. Es triste y bello como una puesta de sol…Un recodo del camino, un pasillo vegetal nuevamente, y llego a una especie de claro circular que tiene en el medio una especie de losa. Y sentada sobre la losa, ¿adivinen quién? Kamiga en persona que me mira con toda tranquilidad. Es curioso, la encuentro más grande y más fortachona que en el jardín de papá. Pero es ella, no me cabe duda, ningún otro gato tiene un ojo de manteca. Está tranquila, calma, casi majestuosa. No huye como una loca, tampoco se acerca a mí para que la acaricie, no, se levanta y camina tranquilamente, con la cola derecha como una vela hacia la otra punta del claro. Antes de desaparecer debajo de los árboles, se detiene y gira la cabeza como para ver si la sigo. ¡Sí, Kamiga, ya voy, ya voy! Cierra los ojos largamente con un aire de satisfacción y vuelve a caminar. Verdaderamente no la reconozco. ¡Qué extraño es estar en el otro jardín! Una verdadera princesa en otro reino.
Recorremos los caminos, dando vueltas, siguiendo los senderos que se pierden a veces entre la vegetación. Y de repente me doy cuenta de que llegamos. Kamiga se detiene, gira su cabeza hacia mí, y cierra lentamente sus ojos de oro.
Nos encontramos en la linde del bosquecito, delante de un pabellón con columnas que se levanta en el centro de un terreno circular. Un camino con bancos de mármol rotos y cubiertos de musgo marcan el contorno. Bajo el domo del pabellón, hay una estatua sentada sobre un zócalo. Se trata de un niño desnudo con un par de alas en la espalda. Inclina su cabeza de cabellos rizados con una sonrisa triste que le ahueca las mejillas mientras levanta un dedo hacia sus labios. Ha dejado caer un arco diminuto, la aljaba y unas flechas que cuelgan del zócalo.
Kamiga está sentada bajo el domo. Levanta la cabeza hacia mí. Está tan silenciosa como el niño de piedra. Tiene como él una sonrisa misteriosa. Se podría decir que comparten el mismo secreto, un secreto un poco triste y a la vez dulce, y que parecería que quieren compartir conmigo. Es curioso. Todo es melancólico aquí, este pabellón en ruinas, los bancos rotos, el pasto enloquecido, lleno de flores salvajes, pero aun así puedo sentir una alegría inmensa. Tengo ganas de llorar y estoy feliz. ¡Qué lejos estoy del jardín bien rastrillado de papá y de la casa encerada de mamá! ¿Podré volver alguna vez?
De pronto, doy la vuelta, dándole la espalda al niño secreto, a Kamiga, al pabellón, y corro hacia el muro. Corro como una loca, las ramas y las flores me flagelan el rostro. Cuando llego al muro, no estoy muy segura de dónde puede estar la escalera podrida del molinero. Finalmente la encuentro. Me trepo lo más rápido que puedo hasta la parte de arriba del muro. El viejo peral. Y salto. Estoy en el jardín de mi infancia. Donde todo es claro y está en orden.
Subo hasta mi habitación de niña. Lloro un rato bien largo, por nada, porque sí. Y enseguida, me duermo un rato. Cuando me despierto, me miro en el espejo. Mi vestido no está sucio. No sucede nada. Sí, un poco de sangre solamente. Una manchita de sangre sobre mi pierna. Qué curioso, ya que no tengo ninguna lastimadura. ¿A qué se debe la sangre entonces? No importa. Me acerco al espejo y me miro el rostro con todo detalle.
Tengo los ojos azules, los labios rojizos, gordos cachetes rosados, el pelo rubio ondulado.
Sin embargo no parezco una niña de diez años. ¿A qué me parezco? Me llevo un dedo hacia los labios rojizos. Inclino mi cabeza de cabellos rizados. Sonrío misteriosamente. Creo que me parezco al niño de piedra…
Entonces veo unas lágrimas en el borde mis párpados.
Miércoles.
Kamiga se ha vuelto muy familiar desde mi visita a su jardín. Se pasa las horas tendida de costado bajo el sol.
A propósito de esto, la encuentro más gorda. Cada día más redonda.
¡Entonces es definitivamente una gata!
¡KAMIGATA!(escrito por Michel Tournier)
Gracias, me acabas de salvar bastante para hace un trabajo de francés XD
ResponderEliminarAhora solo me falta encontrar Pierre o los secretos de la noche también de Michel Tournier